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Mi Historia

Abogado y cooperante internacional, proyectos sociales e inteligencia artificial ética.

Hay decisiones que nos forman incluso antes de que entendamos lo que significan.

Desde muy joven comprendí algo que difícilmente se aprende en un aula: la injusticia no es un concepto abstracto, tiene rostro, nombre y consecuencias concretas en la vida de las personas. La observé y la viví de cerca, en mi propia experiencia y en la de quienes me rodeaban. También aprendí que quienes más la padecen suelen ser quienes menos herramientas tienen para defenderse.

Cuando llegó el momento de elegir qué estudiar, la respuesta fue clara: quería entender las leyes y comprender el sistema que protege a algunos mientras desampara a muchos otros.

Así comenzó mi camino profesional:

Jesús Ignacio Briceño Alarcón en exteriores, retrato para la sección Mi Historia

Soy Jesús Ignacio Briceño Alarcón

Abogado y magíster en cooperación internacional al desarrollo, con más de 20 años de experiencia profesional.

Mis primeros pasos fueron en los tribunales penales de mi ciudad natal, Mérida, Venezuela, donde hice prácticas judiciales, trabajé como secretario judicial y asistente de jueces penales. Conocí la justicia desde dentro: los pasillos, los expedientes y, sobre todo, las historias de las personas que esperan una respuesta que a veces llega y otras veces no.

Luego de varios años dentro del sistema judicial y tras una especialización en derecho penal, asumí el cargo de Fiscal del Ministerio Público, dirigiendo investigaciones de casos de violencia contra la mujer.

Fue una experiencia profundamente reveladora.

En esas salas de audiencia comprendí algo que ningún código penal refleja del todo: cuando la justicia interviene, muchas veces llega tarde. Muchos de los problemas que terminan en un tribunal nacen mucho antes, en las fracturas más profundas de la sociedad, donde el tejido social se rompe y la desigualdad golpea con mayor dureza a quienes tienen menos acceso a información, recursos y herramientas para defender sus propios derechos; personas y comunidades para las que el sistema, con demasiada frecuencia, simplemente no llega.

Ese cambio de perspectiva redefinió mi propósito.

En un contexto venezolano marcado por la creciente violencia y una profunda decepción por la impunidad y la corrupción institucional, tomé una decisión que cambiaría el rumbo de mi vida: comenzar una nueva etapa en Europa.

 

Mi primer destino fue Suiza, donde continué mi formación y tuve mi primer contacto con Amnistía Internacional, trabajando como activista en proyectos de sensibilización, educación y defensa de derechos humanos. De regreso en Venezuela, continué ese trabajo con Amnistía Internacional Venezuela.

Con esas experiencias, confirmé algo que me acompaña hasta hoy: educar a las personas para conocer y defender sus derechos es tan importante como cualquier proceso judicial. La protección de la dignidad humana comienza antes de que intervenga la ley, en la comunidad, en la educación, en la capacidad colectiva de una sociedad para reconocer el valor intrínseco de cada persona.

Con esa convicción fundé la Fundación Humanita’s en Venezuela, orientada a promover la educación en derechos humanos en instituciones educativas.

Al poco tiempo me mudé a Alemania y, como tantas personas migrantes, tuve que reinventarme. Como abogado fuera de mi jurisdicción natural, diversifiqué mi camino profesional, pero sin perder de vista lo que siempre había guiado mi trabajo: el servicio, el compromiso social y la convicción de que es posible contribuir a un mundo más justo desde cualquier lugar.

Fue allí donde co-fundé Humanita’s Foundation e.V., junto a un grupo excepcional de personas alemanas y latinoamericanas, con el propósito de seguir promoviendo la educación en derechos humanos. Pero la crisis venezolana se intensificó hasta convertirse en una emergencia humanitaria sin precedentes, y no podíamos quedarnos al margen.

Lo que comenzó como una iniciativa educativa evolucionó hacia una respuesta humanitaria activa durante seis años en Venezuela, Colombia y República Dominicana. Con un equipo pequeño, recursos limitados y condiciones operativas complejas, brindamos apoyo directo a más de 5.500 personas e impactamos indirectamente a más de 15.000.

Más allá de las cifras lo más valioso fueron las lecciones aprendidas: sobre resiliencia, dignidad, cooperación y la enorme capacidad de las comunidades para sostenerse incluso en medio de la adversidad más grande.

Luego llegó la pandemia. Y como a tantos, nos cambió la vida.

Me trasladé a los Países Bajos y atravesé una etapa personal difícil: una larga y exitosa batalla por recuperar mi salud. Esta experiencia me obligó a detener mi ritmo de vida, enfrentar el miedo y la incertidumbre, y replantear mis prioridades. Como seres humanos, compartimos las mismas vulnerabilidades. Aprendí a apreciar aún más los pequeños logros cotidianos y a mirar la vida con gratitud renovada.

Desde ese proceso de reconstrucción me hice una pregunta que no podía ignorar: ¿cómo seguir generando impacto de forma más sólida, eficiente y sostenible?

Convencido de que el camino del aprendizaje nunca termina, cursé el Máster en Cooperación Internacional al Desarrollo y Gestión de Proyectos, y trabajé directamente con personas refugiadas en los Países Bajos.

Ese proceso me llevó a una convicción que hoy orienta todo lo que hago.

La cooperación internacional atraviesa un momento de transformación profunda. Las crisis humanitarias, los conflictos armados, los fenómenos naturales y la contracción del financiamiento global exigen que las organizaciones sociales hagan más con menos mientras demuestran con claridad su impacto.

Al mismo tiempo, el sector enfrenta una paradoja persistente: profesionales altamente comprometidos dedican demasiadas horas a tareas administrativas, reportes y rendición de cuentas, restando tiempo a lo esencial: las personas.

En ese contexto aparece la Inteligencia Artificial transformando el futuro del trabajo.

Por eso, cursé el Máster en Automatización e Inteligencia Artificial: la única manera de entender la herramienta es profundizar en su funcionamiento.

Para mí, la Inteligencia Artificial ha dejado de ser una simple tendencia tecnológica y se ha consolidado como una oportunidad estratégica. Su propósito no es sustituir el valor humano, sino fortalecerlo; elevar la precisión en la toma de decisiones, optimizar procesos y diseñar programas altamente eficientes y medibles. Pero esa oportunidad solo genera valor cuando se adopta con criterio, ética y responsabilidad.

 

Mi misión es fortalecer las capacidades de organizaciones y profesionales del sector social en dos lineas: diseñar y gestionar proyectos con los estándares que exigen los donantes y la realidad del terreno, e integrar la inteligencia artificial ética sin perder de vista a las personas.

La sostenibilidad atraviesa todo lo que hago y es parte de mi vida cotidiana: desde la siembra orgánica de mi huerto hasta los proyectos que diseño y las decisiones que tomo.

Esta es parte de mi historia, y este camino no habría sido posible sin el apoyo de tantas personas extraordinarias que he conocido, quienes han creído en mis sueños, hicieron buen equipo, compartieron su tiempo y cariño, impulsándome a seguir adelante y nunca rendirme: mi familia, amigos y conocidos.

Gracias.

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